A modo de presentación
By J. O. Sinson | Febrero 21, 2007
-Hola, buenos días.
-Hola.
-No le había visto nunca por aquí, ¿es usted nuevo?
-Según se mire. Nuevo quizá no sea el calificativo más acertado…
-Perdone, sólo era una forma de romper el silencio…
-Desconozco qué les ha hecho el silencio a usted y a todas esas personas empeñadas en zafarse de su compañía. No entiendo ese miedo cerval a la presencia de lo ausente. No sé si me explico. Quizá a usted le parezca violento estar ahora compartiendo este espacio, al mismo tiempo, con algo tan visible como yo mismo y algo tan invisible a sus ojos como el silencio. El silencio no es malo, no es un ente vengativo. No es invisible, aunque sí escurridizo: a la mínima se esconde; tiene miedo el silencio como los elefantes a los ratones, inconsciente de sus dimensiones. Y es correspondido con nuestro irracional temor hacia su presencia, debido, quizá, al recuerdo que tenemos de él: detrás de noticias trágicas o previo a la tormenta. Lo intuímos, además, como exclusivo compañero en la eternidad que nos sucede; y por eso no hemos acabado del todo con él y aún le dejamos dormir a nuestro lado, para poder tenerle como allegado después del último sueño, sin duda más deseable como tal que como enemigo o, lo que es peor, como un saco de indiferencia. Hagan usted y los suyos de él el escudero perfecto, dejen que les asista en sus cavilaciones, no le aparten cuando anden buscando en sus recuerdos, pidan su consejo en cuestiones trascendentes, queden con él para tomar una copa de tranquilidad, acabarán bebiéndose todas las existencias de calma y paz que encuentren; no les defraudará. Preséntenselo a sus seres queridos; si es bien recibido, dense por satisfechos, el silencio compartido vale doble.
-¿Sería usted capaz de predicar con hechos?
-No me sea ingenuo, yo soy un descreído. Además, lo paradójico de todo esto es que el único modo de mostrarle sus bondades era matándolo. Quizá sea ese un sacrificio inevitable, el acto por el que su doctrina cobra pleno sentido. De haberme callado, usted me habría tomado por un sujeto despreciable y habría asignado al silencio el rol de malvado cómplice, lo cual hubiera sido contraproducente. Sí, ya sé, “quisimos mostrarlo y lo matamos“. No se preocupe, su identidad es la que se esconde tras el mítico Ave Fénix. Volverá.
-¿Cuándo?
-Ahora.
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¿Me se oye?
By J. O. Sinson | Diciembre 11, 2006
Probando, probando. Prueba para ver si esto me obedece y hace a mi antojo.
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